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Relato de una aventura en la selva - Día 2

  • 2 feb 2019
  • 8 min de lectura

*Serie de relatos dividido en días. Poco a poco iré publicando un día diferente.

Día 2:

Mientras pienso cómo escribir este día, pienso que en realidad las verdaderas aventuras estuvieron en el primer y en el tercer día, pero no puede haber día 3 sin día 2. Entonces, empieza el día 2. Nos despertamos a eso de las siete de la mañana porque el escándalo de afuera era incontrolable. Estábamos emocionadas porque ese día la Paz iba a presentar su proyecto a la gente de la Comunidad, pero también nerviosas. No sabíamos qué nos esperaba exactamente en el transcurso del día. La mamá del Jaime nos dio de desayunar: huevo revuelto con tomate y cebolla, tallarín, maduro y café. Hay que agregar que toda la comida tiene un sabor parecido porque se cocina en leña. Me comí todo, me moría del hambre, obviamente. La Paz comió dos bocados y dejó, no le gustó. Nos cambiamos -sin bañarnos-. Yo decidí usar el mismo pantalón todo el tiempo porque ¿para qué usar uno limpio si igual me iba a ir a refundir en lodo? La Paz, dentro de todo, nunca perdió el glamour. Jugamos con la Misinga un rato, arreglamos nuestras cosas que estaban colgadas en el filo de la casita porque todo se empapó el día anterior. Toda la casa era un sólo colgadero de nuestra ropa. La hermana del Jaime nos pintó la cara como ellos se pintan con una tinta extraída de un árbol. Salió el Jaime y nos dijo que nos íbamos a la Comunidad, que nos estaban esperando.

Empezamos a caminar, el lodo estaba más denso porque llovió toda la noche. El Pusanga y el Jaime se nos iban burlando porque mientras ellos daban ocho pasos en el lodo, nosotras dábamos dos. Llegamos al Ceibo gigantesco, que se terminó convirtiendo en un punto de referencia para saber si todavía estábamos cerca o lejos de la Comunidad. El Pusanga se subió como mono para tomarse una foto. Él parecía más turista que nosotras porque tomaba foto hasta de lo que ya no había ni por qué ni para qué. Le tomé la foto, salió increíble. La Paz y yo sentimos la envidia correr por nuestras venas, así que decidimos subirnos también al Ceibo. El Pusanga le ayudaba a la Paz a subirse, somos de una inutilidad completa. Y eso que yo siempre me subía a los árboles de la casa de mis abuelos, pero subirse sólo a las raíces del Ceibo era como subirse a la punta del árbol de aguacates de mis abuelos. En fin, después de luchar, la Paz se logró subir, se acomodó para poderle tomar la foto y al rato de bajar batalló de nuevo. No quería saltar porque era muy alto y además se hubiera hundido enterita en el lodo -no como el Pusanga, él sí saltó sin miedo-. El Pusanga le ayudó a bajar a la par que la Paz pegaba alaridos, fue chistoso. Después me tocó a mi. Para subirme fue otro cuento. ¡Pusanga me tienes que ayudar! ¡Pusanga, Pusanga, Pusanga! Grité y grité. En vez de ayudarme, el Pusanga, ahogado de la risa, me tomaba fotos de cómo no me podía subir al Ceibo. Terminé colgada de las lianas hasta que el Pusanga vino a mi rescate y me empujó para arriba. ¡Lo logré! Me subí. Me tomaron las fotos y para bajarme el mismo cuento que la Paz. Nos bajamos, vimos las fotos, valieron la pena. También valió la pena habernos podido subir al Ceibo del papá del Jaime. Seguimos con la caminata.

Trepada en las raíces del Ceibo.

Copataza - Pastaza, Ecuador

2019

Llegamos a la Comunidad. Saludamos con toda la gente que estaba ahí. Nos sentamos a conversar con un chico que estaba tejiendo una malla para pescar. La Paz vio esperanza porque se dio cuenta -más bien dicho pensó- que la gente de ahí sí sabía tejer o bordar. Estuvimos sentadas un buen rato conversando, llegó también la hermana del Jaime. Sandra, se llamaba. Nos cayó mal de entrada a la Paz y a mi. Nos veía mal y tenía una actitud súper arrogante. Nos contó que era la asistente de esta alemana que estaba ahí y que habían tenido un curso de cocina para las mujeres de la comunidad el día anterior -o sea en la mañana del día 1 mientras nosotras estábamos yendo-. Nos quiso hacer sentir mal por el hecho de que no estuvimos en el curso, porque nos habían estado esperando; nosotras ni si quiera nos habíamos enterado de esto. En fin, el día fue pasando y nos brindaban chicha y chicha y chicha. No nos dejaban descansar de la chicha. Hubo un rato que con la Paz empezamos a sentirnos un poco mareadas, la chicha nos estaba empezando a chumar. Le preguntamos al chico que tejía y nos dijo que como ellos toman todo el día chicha entonces no les chuma tan rápido. Dejaron de pasarnos chicha un buen rato y literalmente nos empezó a dar chuchaqui. Eran las dos de la tarde más o menos: no habíamos almorzado, desayunamos a las siete de la mañana, no habíamos tomado agua, estábamos chuchaquis en ese calor, en resumen: ya no dábamos más.

Llegó el momento y el Jaime empezó a hablar por un micrófono. Explicó -en Achuar- a la gente de la comunidad que la Paz iba a hablar sobre el proyecto y que él iba a ir traduciendo todo. La Paz empezó a explicarles sobre el proyecto, les empoderó bastante a las mujeres de la comunidad, se podía ver cómo se sentían orgullosas de que haya una persona que quiera trabajar exclusivamente con ellas. Les gustó el trabajo, vieron fotos sobre lo que debían hacer y toda la vaina. Todos estaban emocionados hasta que el Jaime preguntó que cuándo y cómo serían los talleres para que ellas puedan empezar a bordar. La Paz supo disimular y dijo que cuando llegue a Quito tenía que coordinar todo: quién iba a dar los talleres, por cuánto tiempo, etc. En realidad es algo muy difícil conseguir que alguien llegue a dar los talleres allá con lo metido que es. La posibilidad de ir en avioneta está, pero, ¿y la plata? Difícil. Acabó la presentación y la gente se amontonaba para poder ver las fotos de referencia en la pantalla de la laptop. La alemana sugirió algunas cosas.

Nos sentamos a conversar con ella y decidió que nos iba a enseñar todos los aretes y collares que le habían dado en distintas comunidades. Caminamos hacia la casita que le regalaron, que en realidad es una chocita en donde ella puede armar su carpa y su fogata para cocinarse lo que quiera. Nos enseñó un montón de collares hermosos, de distintas comunidades a las que ella había ido. Nos enseñó los aretes de plumas de pájaros también. Nos sentamos a conversar y nos explicó bastantes cosas: tiene una fundación que trabaja con comunidades indígenas latinoamericanas, ha estado por miles de lugares alrededor del mundo. Empezó con esto porque una vez, con su esposo, llegó a una comunidad alejadísisisisima en Esmeraldas. Desde ahí, empezó su gusto por trabajar con gente de distintas comunidades. Además de que también siempre le llamó la atención. La Paz le preguntó que cómo hace para verse tan bien todo el tiempo en plena selva, soy hecha la permanente de todo, nos respondió. Tatuada las cejas, el delineador del párpado, etc, etc. Nos explicó que su proyecto es enseñarle cosas muy básicas a la gente de la comunidad: enseñarles a preparar platos distintos que nunca han hecho, pero con la comida que ya tienen, por ejemplo: guacamole con yuca. Nunca hacen guacamole, eso aprendieron en el taller de cocina del día anterior. También enseñarles cómo separar las cosas, poner estantes dentro de las casas para que no esté todo botado en el suelo, enseñarles a separar la basura orgánica del plástico, poner pequeñas composteras para que boten ahí las cáscaras y no boten en cualquier lado, porque eso mismo ya crea basura y atrae mosquitos, todo eso nos iba explicando. Son cosas muy simples, pero que no saben, nos decía. De las cosas que más me sorprendió es que la gente de la comunidad bota todo en el césped sin si quiera regresar a ver: fundas de papas, de caramelos, cáscaras, botellas de plástico. Me impresionó que en la ciudad, con todos los problemas que hay, la gente es más consciente de no botar la basura en la naturaleza que la gente misma de la selva. La naturaleza se va a acabar por la gente misma de aquí, nos dijo la alemana; ellos no cuidan, porque no saben que existe un problema alrededor de esto. Me impactó y a la Paz también.

La Paz y yo con el Jaime, su mamá a la izquierda de él y sobrinas del Jaime.

Copataza - Pastaza, Ecuador

2019

Un rato después le regresé a ver a la Paz con cara de hambre, hasta pensé en voz alta: me muero de hambre. La alemana nos quedó viendo, ¿no han comido nada? No, respondimos. Esta gente siempre se olvida de brindar algo de comer, porque como ellos pasan con chicha todo el día, creen que el resto tampoco come, nos dijo indignada. Vamos, creo que tengo algo de los talleres que sobró. Nos llevó a una chocita a lado y nos dio un aguacate y una zanahoria pelada. Dividimos el aguacate en la mitad, cogimos la zanahoria con la otra mano, le pusimos limón y nos devoramos cual cabernícolas. Si nos vieran nuestras mamás, nos decíamos riéndonos. Pareciera que no hemos comido un mes, nos reíamos y nos reíamos. La alemana debía irse ese día, pero la avioneta no logró entrar, talvez porque llovía en otra parte de la selva. Me va a tocar pedirles que me armen la carpa de nuevo, nos dijo. Volvimos donde el resto de gente mientras empezaba a llover.

Estaban sirviendo la comida, nos vinieron a ofrecer sopa de mono. La Paz había dicho que era vegetariana, pero yo no tenía excusa alguna. Simplemente les dije que no gracias, que no gracias y que no gracias. Yo me sentía medio mal, me dolía la barriga y estaba con náusea. No pude volver a oler chicha, a la Paz le tocó no más aceptar. Comí un poco de yuca. Nos llamaron a que vayamos a la chocita donde preparaban la comida. Me comí un choclo y un poco más de yuca. La Paz me dijo que me veía pálida, me sentía mal. Acabamos de comer y volvimos a la cancha donde estaban todos. A las seis de la tarde vino la hermana del Jaime a decirnos si queríamos volver con ella porque ya era tarde, y que el Jaime todavía se quedaba más tiempo. Vamos. Empezamos a caminar de regreso mientras chispeaba, -me olvidé de escribir en el día 1 que perdí mis lentes cuando nos bajamos del carro para cruzar el río a pie, y obviamente el resto de días pasé viendo borroso-. Peor en la selva y con lluvia, estaba nublado y oscuro y de verdad no veía nada. Fuimos metiendo los pies en el lodo más que de costumbre y los animales se escuchaban cada vez más fuerte. El regreso ese día se me hizo más largo de lo normal. Llegamos y a las 6:40 de la tarde, estaba oscurísimo y llovía. Empezamos a guardar todo el tendedero de cosas que habíamos colgado para que se nos seque. Hablamos un rato sobre cómo iba a ser muy difícil impartir talleres a las mujeres de ahí. Una cosa hubiera sido que ya sepan bordar -que es lo que el Jaime le dijo a la Paz-, pero otra el tener que ir a enseñarles. No por falta de ganas, pero por la travesía que es el llegar allá. No hubo mucho más sobre ese día, excepto que me sentía muy muy mal. Me tomé la media pastilla para dormir. Ya echadas dentro de la carpa le pregunté a la Paz: ¿Si hubieras sabido que la travesía para venir acá era así, hubieras venido? No, me respondió. ¿Pero y ahora que estás acá y hemos pasado lindo dentro de todo, te arrepientes? No, no me arrepiento, me dijo. Nos contentamos, a la final, era una aventura que nunca nos imaginamos vivir. Entre sueños escuché que volvieron a eso de las once de la noche de la comunidad. Los gallos empezaron a cantar a las cuatro de la mañana, pero sorprendentemente nadie salió.

La Paz y yo dentro de la carpa, la segunda noche.

Copataza - Pastaza, Ecuador

2019

*Lee el Día 3 aquí


 
 
 

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