top of page

Me vale un reverendo pepino

  • 6 jun 2017
  • 4 min de lectura

Hace poco tiempo, pero hace muchos intentos, que he empezado a aceptarme poco a poco como soy. Es difícil, es doloroso, es triste, pero sobre todas las cosas, es hermoso.

Toda la vida crecí con mucha inseguridad, cosas pequeñas me afectaban hasta el punto en el que se volvía ya imposible si quiera mirarme al espejo.

No, no es superficialidad. No sabría qué termino usar para todo lo que sentí en los años de mi crecimiento, desde niña, hasta ahora, que soy una mujer.

En el colegio alguna vez, un niño, al que no logro ponerle cara -y la verdad tampoco quiero intentarlo- me dijo algo así como ballena. Digo algo así porque me acuerdo clarito que el término fue acompañado de algo más, fue directo, fue grosero, fue doloroso. Inteligentemente me hice la sorda, pero a partir de ahí, otro complejo más se apoderaba de mi.

También, alguna vez, cuando tenía unos quince años, me fui a la playa con una amiga, la man tenía un cuerpazo -o lo que la sociedad entendería como cuerpazo- y clarof, yo no. Estábamos en la piscina con algunos chicos más, y entre esos alguno se mandó el comentario indirecto -muy directo- de que no le gustaban las gorditas. Claro que ese rato no pude hacer nada, pero me bajoneé instantáneamente, dejé que el sentimiento de culpa se apodere de mi. Sentía culpa de estarle incomodando a él y a toda esa sarta de desconocidos que estaban ahí, juzgándome.

Fui a por lo menos unos doce nutricionistas - o talvez más- y cada vez que lo hacía, empezaba una nueva dieta, una nueva rutina, prometiéndome que esa vez sí lo iba a lograr e iba a bajar esos kilitos de más para impresionar a un par de chicos. Jamás lo lograba.

Aunque con cariño, la familia nunca se quedó atrás. Siempre los comentarios de mi abuela y de mi mamá, que se podrían decir eran de buena fe, pero estaban ahí, persiguiéndome, de forma menos agresiva, pero claro, se metían en mi cabeza y en mis pensamientos: No comerás tanto Manuela. Yo a tu edad tenía una cinturita. ¡Ve cómo te has engordado, esa blusa no te quedaba así antes! Etc, etc, etc.

Un día en la universidad, fuimos a almorzar con una amiga, fui directo a Go Green a comprarme la ensalada que entendía que debía comer para no engordarme, mi amiga, mientras hacíamos la fila, me quedó viendo y me dijo: Es que Manu, si tu fueras flaquita, serías tan guapa. ¡Ouch! O sea, ¿por ser gordita no soy bonita? De nuevo, marcada, estereotipada, golpeada, dolida.

Me acuerdo un día que mi mamá volvió del trabajo y me encontró en la sala llorando, hecho pedazos. Yo ya no podía más de la desesperación de estar gorda, de no encajar con los parámetros que la sociedad me pedía, de sentirme fea, de ser insegura. Le pedí que me lleve a donde un cirujano plástico a que me corte por adentro y me saque todos los kilos de más que tenía. Mi mamá me tranquilizó, lloró conmigo, me abrazó y me sintió.

Y así, podría seguir y seguir con todas las historias que he ido recolectando para justificar esa inseguridad que por muchos años tuvo vida propia dentro de mi. No sé cómo, ni cuándo, ni porqué empecé a hartarme de ser así: de verme y sentirme mal, de no poderme poner la ropa que me gustaba, de no poder comerme una hamburguesa cuando me daba ganas, de hacerme la loca cuando me decían cosas que en realidad no me gustaban y que me herían. No sé cuándo empezó, pero me alegro de que haya pasado.

Usar la ropa que me gustaba, por ejemplo. Por muchos años, miré y miré ropa que me hubiese encantado ponerme y no lo hacía porque sabía que ese tipo de ropa no era hecha para mi. Hoy, me vale un reverendo pepino para quien haya sido hecha esa ropa, si me gusta, me la pongo, y punto. Y en realidad, me ha ido bien.

Logré dejar mucha de mi inseguridad atrás y con eso, la gente también ha dejado de juzgarme. Supongo que cuando uno demuestra seguridad, la gente que goza de criticar, se siente incómoda ante esa persona. Ya no pueden hacer sentir mal para así poderse sentir mejor con ellos mismos. No digo que sea fácil, todo lo contrario, es un proceso, uno largo y tendido que toma tiempo y sobretodo: actitud.

Yo nunca me hubiese atrevido a ponerme un short con un crop top para salir a la calle, ahora lo hago. Nunca me hubiese atrevido a empezar un lunes con una hamburguesa, ahora me doy el gusto de hacerlo de vez en cuando. Nunca me hubiese ido en un viaje de panas a la playa para poder regocijarme de mi no perfecto cuerpo, ahora lo hago: me bronceo, camino, juego, me divierto. Nunca hubiese dejado que alguien (mi mamá, mi novio) me vea desnuda, ahora no tengo problema. Es mi cuerpo, es mi piel, es mi historia. Son mis estrías, son mis cicatrices, son mis kilitos de más, y sí, estoy orgullosa de eso.

Yo regocijándome en un crop top que compré hace cuatro años,

y recién me lo pongo por primera vez.:)

 
 
 

Comentarios


Únete a nuestra lista de correo

No te pierdas ninguna actualización

bottom of page