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Miedo al recuerdo

  • 5 may 2019
  • 5 min de lectura

Tengo tantas cosas por decir y no sé por dónde empezar. Empezando por pedir, desesperadamente, una máquina del tiempo. Una que funcione y me deje volver a cuando todo estaba bien, sin que hayan consecuencias luego. Creería que la muerte del Payán, de mi abuelo, se merece no sólo una, pero miles de páginas dedicadas sólo a él. En realidad las tengo, pero hay cosas que uno a veces se queda para uno. La muerte del Payán me ha golpeado de una manera irreversible, sobretodo porque todavía no creo que esté muerto. ¿Cómo es esto de que el Payán se murió? ¿Dónde está? ¿Por qué no le voy a volver a ver? Tantas preguntas y nada de respuestas. Los instantes en los que supe que el Payán se había muerto pasan como un loop en mi cabeza cuando cierro los ojos para intentar dormir, o cuando voy manejando sola, o cuando alguien me habla y mi cuerpo físico está ahí, pero mi mente no.

El miedo más grande que tengo en estos momentos es el del recuerdo. Pánico a que el Payán se convierta en un recuerdo. El miedo invade cuando pensamientos absurdos se me cruzan por la cabeza, como este por ejemplo: siempre he sabido que no quiero tener hijos, pero algunas veces el pensamiento de hacerlo cruzó por mi cabeza. No por una cuestión más que la del simple hecho de que el Payán pueda conocerlos. Ahora, así decidiera tener hijos, ya no le conocerían al y más bien les hablaría de él. “Mi abuelo era una belleza…” “Mi abuelo, era así, decía esto, hacía aquello…” Pero todo como un recuerdo. Un recuerdo. Un recuerdo de alguien que fue pero que ya no está. ¿Por qué querría eso? ¿Cómo no tenerle miedo al recuerdo? El Payán siempre ha sido algo y alguien físico, ¿por qué, de repente, puede convertirse en un recuerdo? El recuerdo de sus abrazos, de sus risas, de su enojo por la política, de su gusto por la comida. Ahora todos son frágiles recuerdos. Pueden ir y volver, pueden ser hablados, pero ya no vividos. Eso me da pánico.

El Payán abrazándome en su cumpleaños.

Quito, Ecuador

2017

A las dos semanas de su muerte le soñé: Estaba saliendo de una fiesta y un perro me mordía. Me debían llevar a la clínica más cercana, que era, la que está cerca de la casa del Payán. Yo le buscaba, aclarando a cualquier médico que quiera coserme la herida, que nadie me iba a tocar hasta que llegue mi abuelito a verificar que todo esté bien (siendo él el único médico en el que he confiado toda la vida). De repente empezaban a llegar todos sus hermanos, el Felipe, el Luis, la Xime, la Sonia; mis primos, sus sobrinos, mis tíos, mis pas, mi ñaño, todo el mundo, pero todavía no llegaba el Payán. Me tenían que empezar a coser, y todos estaban afuera esperando. De repente entraba mi tío Ané, estaba bien y decía que no sabía por qué no llegaba el Payán, pero que sabía que algo había pasado. Yo estaba asustada cuando le vi, pero era él: el Andrés de hace diez años. Después de un rato podía ver a lo lejos cómo llegaba el Prius blanco que manejaba el Payán. Se bajaba, caminaba hacia mi y todos los demás caminaban atrás de él. Yo me lanzaba a abrazarle sin querer soltarle. Me veía el brazo y me decía que todo estaba bien, que sigan no más con la operación. Yo seguía sin soltarle, sin dejar de abrazarle, tratando de sentir cada posible célula de su cuerpo, hasta que me llevaban y me seguían operando. Segundos después, yo caía en cuenta de que el Payán estaba muerto. Salía corriendo y preguntaba a todo el mundo por él y me decían: estábamos esperando a que te des cuenta, el Payán sólo vino a despedirse de ti, ya se fue.

Me desperté con lágrimas en los ojos, sintiendo aún el abrazo del Payán, todavía buscándole. Me desperté y entendí que era un sueño, pero que sí, él se había se despedido de mi. No sé si es mi inconsciente que busca desesperadamente un abrazo de él, o si de verdad vino a despedirse de mi por medio de ese sueño. No sé cómo funciona esto, pero sólo sé que algo sentí con ese sueño. Siento unas ganas irreparables de poder contarle todo lo que me ha pasado desde que se murió: el viaje a Galápagos y todo lo que vivimos allá con la Dome y la Denise. Sobre la tesis, a la cual no le he parado bola porque le extraño demasiado y no tengo cabeza para nada. Sobre mi vida. Sobre los pensamientos que tengo por culpa de su muerte. Quisiera que él mismo sea quien me explique dónde está, qué pasó, por qué se fue y por qué no vuelve. El Payán es el único ser humano en el que yo he confiado a ojos cerrados. Si él me decía algo, para mi se volvía lección de vida. Intento y no puedo dejar de buscarle en cada canción, en cada caminata descalza en el césped que tanto le gustaba, en cada sentir del agua del mar. Intento, pero el corazón es más fuerte que la cabeza y enseguida me quiebro.

Supongo que, algo positivo, -tal vez lo único de esto-, es que con su muerte, el Payán me deja, sin intención alguna, otra lección de vida: hay que aprender a dimensionar los problemas. Quejarme por cualquier cosa deja de ser una opción. Llorar por "problemas" que tienen solución empieza a resultarme ilógico. ¿Qué puede ser peor después de esto? Esta muerte tan brusca e injusta sólo deja aprendizaje y sí, mucha, infinita tristeza.

Tantas preguntas, tantas ganas de querer salir corriendo y encontrarle al Payán en donde sea que esté y ya no hay cómo, porque se fue para siempre. Sigo pidiendo una señal, una mínima posibilidad que me diga que en donde sea que él esté, está bien, que está a lado mío. No sé cómo funciona la vida después de esto. No sé cómo los fines de semana sin él pueden empezar a tener sentido de nuevo. No sé cómo tomar alguna foto sin poder enseñarle valdría la pena. No sé cómo escribir esto sin que él pueda leerlo pueda servir de algo. No sé cómo la vida puede seguir, pero tiene qué, ¿no? En un intento fallido por encontrar máquinas del tiempo, llega a mi la escritura, que me permite no volver en el tiempo, pero al menos detener mis pensamientos. Detenerlos en el tiempo, talvez para siempre. Pensamientos que me dan miedo sacarlos a la luz, pero que talvez son necesarios. Pensamientos que, talvez algún día, se conviertan en nada más que recuerdos.

El Payán abrazándome en el velorio de su mamá (mi bisabuelita).

Foto por Pablo Larrea

Quito, Ecuador

2009


 
 
 

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